¿Cuándo dejó el diálogo de incluir la escucha y por qué es urgente cambiar esto?
El panorama internacional atraviesa uno de los periodos más críticos y turbulentos de nuestra historia reciente. Estamos asistiendo a una profunda fragmentación del sistema global, en la que el multilateralismo y la diplomacia parecen retroceder a un ritmo alarmante.
Las conclusiones del último informe de Amnistía Internacional, The State of the World’s Human Rights 2025/26 (La situación de los derechos humanos en el mundo 2025/26), dejan poco margen para la duda. El derecho internacional está amenazado, la sociedad civil se enfrenta a una presión cada vez mayor y gana terreno un orden mundial marcado por el autoritarismo, la desconfianza y la erosión de los derechos fundamentales.
Para revertir este rumbo trágico, la respuesta no reside en la proliferación de guerras ni en la imposición de narrativas estridentes que venden la ilusión de proteger la paz mientras alimentan la división. Al contrario, la respuesta más radical y eficaz de la que disponemos sigue siendo el valor de entablar un diálogo.
Sin embargo, un diálogo significativo debe implicar la escucha activa del otro en un entorno de confianza genuina. El diálogo no es propaganda. No es una distracción ni una forma de construir e imponer una narrativa. Es el esfuerzo por escuchar activamente al otro. Es un método. Es un trabajo riguroso y paciente. Es comprensión mutua en busca de soluciones verdaderamente aceptables para ambas partes.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿cuándo perdimos la capacidad de escucharnos realmente unos a otros?
No sabemos exactamente cuándo ocurrió. Pero de lo que sí podemos estar seguros es de que la paz comienza con la humildad de reconocer que nadie posee el monopolio de la verdad.
La historia nos enseña una y otra vez que la paz no es un estado de inercia ni una garantía ya asegurada, sino una construcción activa y, en la mayoría de los casos, silenciosa. En un mundo donde las narrativas se contradicen abiertamente y donde la verdad depende cada vez más de la percepción de cada individuo, la desconfianza entre los Estados se ha convertido en la nueva normalidad. El verdadero desafío no es técnico ni militar. Es relacional.
Se trata de recuperar, paso a paso, la capacidad de sentar a las personas en una misma mesa sin que ello se interprete como una muestra de debilidad.
Vivimos en una época de ruido constante, donde la polarización sustituye al razonamiento y la velocidad reemplaza a la profundidad. Décadas de experiencia diplomática nos enseñan una lección sencilla e incómoda: ningún acuerdo puede perdurar si las personas afectadas por él no reconocen en él su propia dignidad. Eso, y no únicamente el texto de los tratados, es lo que transforma un alto el fuego en paz.
En este contexto urgente, el diálogo interreligioso e intercultural debe entenderse como un activo estratégico. Cuando líderes religiosos, responsables políticos y especialistas se sientan en una misma mesa y mantienen un diálogo honesto, están afirmando ante el mundo que la religión puede, y debe, ser una poderosa fuerza de cohesión, y no simplemente un instrumento de división.
No se trata de una retórica bienintencionada. Existen espacios de confianza, comunidades religiosas, redes culturales e identidades compartidas a los que el Estado no siempre puede llegar. Un mediador legítimo, arraigado en la comunidad y reconocido por la población, puede abrir puertas allí donde la diplomacia formal suele encontrar muros.
Pensemos en el impacto de la reciente visita papal a África: cuando el Papa habla, el mundo escucha. Su mensaje trasciende las fronteras del catolicismo y llega a todos los rincones, inspirando actos de solidaridad y concordia. En un contexto internacional marcado por una presión creciente y por boicots a los foros de cooperación multilateral, resulta cada vez más evidente la necesidad de fortalecer alianzas que valoren la identidad, la cultura y el entendimiento mutuo.
Por último, no debemos subestimar lo que ocurre a nivel local. Es en las comunidades, y no en los pasillos de las grandes conferencias, donde la paz se hace realidad o se desmorona.
Proteger los lugares sagrados, promover la alfabetización religiosa y apoyar a los mediadores locales no son acciones menores. Constituyen el terreno donde la diplomacia se encuentra con la vida de las personas. Y es precisamente ahí, en ese punto de encuentro entre lo global y lo humano, donde el diálogo deja de ser un concepto para convertirse en transformación.
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