Leer el conflicto: entre la empatía y la evaluación
Durante unos instantes, el silencio resultó extraño, casi incómodo, después de varios días leyendo voces cargadas de pérdida, urgencia y una serena insistencia en la dignidad. Como responsable de programas, mi trabajo consiste en evaluar: analizar la viabilidad, el impacto y la sostenibilidad de las iniciativas. Mantener un criterio estructurado, justo y coherente. Pero este año la tarea se resistía a cualquier esquema preconcebido. Las solicitudes no eran únicamente propuestas de proyecto; eran fragmentos de vidas reales y rostros marcados por el conflicto en Palestina, Sudán y Siria, lugares donde la guerra no solo ha alterado la vida cotidiana, sino que ha transformado su propio significado.
Me descubrí desempeñando varios papeles al mismo tiempo. El de la profesional, comprometida con el rigor y la imparcialidad. El de la investigadora curiosa, atenta al contexto, las evidencias y los patrones que emergían de cada propuesta. Y el de alguien que pertenece a la región, capaz de reconocer el ritmo del dolor en una frase, de comprender lo que se dice entre líneas y de no poder desprenderse por completo del peso de las historias que estaba leyendo.
Sin embargo, pese a llevar cinco años trabajando directamente con estos contextos y a la familiaridad que creía haber adquirido con el tiempo, fui tomando conciencia de otra dimensión de mi propia posición. Procedo de Túnez, un país que, en muchos aspectos, es social y religiosamente más homogéneo. Nuestros desafíos son reales, y a menudo profundos, pero responden a dinámicas diferentes. No vivimos de la misma manera esa negociación cotidiana de la identidad entre comunidades profundamente divididas por motivos religiosos o étnicos que conviven en los mismos barrios, recorren las mismas calles y comparten los mismos espacios.
Por eso, mientras leía solicitudes que describían una convivencia fracturada, vecinos que habían vivido puerta con puerta durante décadas y que ahora eran incapaces de confiar los unos en los otros, me descubrí leyendo no solo con empatía, sino también con una silenciosa incertidumbre. ¿Hasta qué punto puedo comprender realmente esa experiencia? ¿Qué significa convivir con «el otro» cuando ese otro se ha convertido en motivo de miedo? ¿Cómo llega la desconfianza a instalarse en el tejido más cotidiano de la vida?
Esa conciencia no me distanció de las propuestas. Si acaso, me hizo prestar aún más atención. Empecé a leer más despacio. Me detenía en los detalles. Intentaba escuchar no solo lo que se decía, sino también aquello que quizá se me escapaba.
En años anteriores, las iniciativas que evaluaba solían transmitir un prudente optimismo. Hablaban de convivencia, del diálogo como un puente y de comunidades que, pese a todo, seguían eligiendo imaginar un futuro compartido. Este año fue distinto. Este año se sentía más pesado. El tono había cambiado. La esperanza seguía presente, pero era más tenue, más frágil y, en muchos casos, quedaba sepultada bajo las exigencias más inmediatas de la supervivencia.
Una de las propuestas procedentes de Sudán describía una red local de mujeres que había transformado sus hogares en espacios informales de mediación. Con las instituciones formales profundamente debilitadas, recurrían a la confianza, a los lazos familiares y a una extraordinaria perseverancia para reducir las tensiones entre las familias desplazadas y las comunidades de acogida. No había referencias a grandes presupuestos ni a metodologías sofisticadas. Solo el trabajo constante de escuchar, de estar presentes y de negarse a permitir que la violencia definiera las relaciones entre las personas.
Desde Siria llegó una iniciativa centrada en algo tan sencillo —y al mismo tiempo tan profundo— como la comida. Un grupo de mujeres había comenzado a documentar y compartir recetas tradicionales de sus comunidades, recogiendo historias junto a los ingredientes. A primera vista, la propuesta parecía impregnada de nostalgia, casi delicada si se comparaba con la urgencia que transmitían otras candidaturas. Pero, a medida que avanzaba en la lectura, comprendí el verdadero peso que encerraba. Cada receta conservaba el recuerdo de una época en la que las cocinas se compartían más allá de las diferencias, cuando los vecinos probaban las tradiciones culinarias de los demás sin recelo. Cocinar se convertía así en una forma silenciosa de resistirse al olvido, una manera de decir: hubo un tiempo en el que estábamos mucho más unidos de lo que lo estamos hoy.
Otra de las solicitudes, procedente de Palestina, permaneció conmigo mucho tiempo después de terminar de leerla. Describía una pequeña iniciativa impulsada por docentes que habían perdido el acceso a las aulas debido a las continuas interrupciones del conflicto. En su lugar, comenzaron a organizar círculos de narración para niños y niñas en refugios y espacios temporales. La idea era sencilla: invitarles a contar historias, no necesariamente sobre el presente, sino sobre cualquier cosa que quisieran imaginar o recordar.
Lo que surgió de aquellas sesiones, según relataba la propuesta, resultaba revelador. Muchos de los niños hablaban de momentos cotidianos que ahora parecían pertenecer a un pasado lejano: jugar con los vecinos, visitar las casas de otras familias o participar en celebraciones compartidas entre distintas comunidades. Pero, junto a esos recuerdos, también aparecían vacilaciones. Algunos empezaban a trazar nuevas fronteras en sus relatos, separando a los personajes siguiendo líneas que reproducían las divisiones presentes a su alrededor.
Los facilitadores observaron este fenómeno con preocupación, pero también con enorme sensibilidad. Su papel no consistía en corregir a los niños, sino en reintroducir, con delicadeza, la complejidad de la realidad; recordarles, a través de las historias, que identidades diferentes pueden convivir y que la diferencia no tiene por qué traducirse en separación. Era una iniciativa modesta, casi frágil en su alcance, pero planteaba una pregunta de enorme profundidad: ¿en qué momento empieza a arraigar la división y cómo podemos suavizarla antes de que termine por consolidarse?
A medida que avanzaba en la evaluación de las distintas propuestas, empecé a identificar otro patrón, tan hermoso como inquietante. Muchas iniciativas dirigían la mirada hacia el pasado. Evocaban el recuerdo de una sociedad descrita como más tolerante, más cohesionada y menos marcada por la división. Hablaban de vecinos que celebraban juntos las festividades y de comunidades donde las diferencias religiosas o étnicas existían, pero no determinaban las relaciones entre las personas.
No pude evitar preguntarme por esa mirada colectiva hacia el pasado. ¿Qué cambió? ¿Qué transformación fue tan profunda como para que personas que habían convivido durante décadas llegaran a un punto de ruptura en el que la diferencia dejara de ser un rasgo natural de la vida compartida para convertirse en una línea de fractura?
No existe una única respuesta. Los conflictos son el resultado de decisiones políticas, de historias de poder y exclusión y de narrativas que se consolidan con el paso del tiempo. Pero, al leer estas reflexiones, percibí también algo más: un anhelo que iba más allá del deseo de estabilidad. Era la nostalgia de una forma de convivencia en la que la diferencia no se percibía como una amenaza.
Y, sin embargo, aunque esos recuerdos aparecían una y otra vez, la realidad del presente seguía siendo contundente. La fragmentación de las sociedades en Palestina, Sudán y Siria no es solo física; también es emocional, social y está profundamente interiorizada. El sufrimiento compartido no conduce automáticamente a una comprensión compartida. En ocasiones, incluso agranda la distancia entre las personas.
A lo largo de todo el proceso de evaluación volví una y otra vez a una misma pregunta: ¿qué significa ser justa en un contexto que, por naturaleza, es profundamente desigual? ¿Cómo comparar iniciativas cuando las realidades a las que responden son tan distintas entre sí y, al mismo tiempo, igual de urgentes?
Junto a esa reflexión empezó a crecer otro sentimiento que no conseguía apartar: una sensación de impotencia.
No porque las iniciativas carecieran de valor, sino precisamente porque había muchísimas. Demasiados esfuerzos bien concebidos, necesarios y profundamente humanos, y muy pocos recursos para respaldarlos a todos. Cada solicitud contenía una necesidad, una visión y una petición, expresada a veces de forma explícita y otras solo entre líneas. Con cada decisión era más consciente de que elegir unas significaba, inevitablemente, dejar otras atrás.
Hay un peso muy particular en saber que no puedes ayudar a todo el mundo.
Cuando finalmente terminé la evaluación, esperaba sentir alivio. En su lugar, permaneció una silenciosa pesadumbre que me acompañó mucho después de cerrar el ordenador. Necesité catorce días para empezar a procesar la experiencia, para separar las voces que había leído de mi propio paisaje interior y recuperar, poco a poco, cierta sensación de equilibrio.
Durante esas dos semanas pensé constantemente en las personas que había detrás de cada propuesta. No en quienes presentaban una solicitud, sino en seres humanos que afrontaban circunstancias extraordinariamente difíciles y que, aun así, seguían eligiendo actuar. Comprendí entonces que, en contextos como estos, el cambio no siempre nace de grandes intervenciones ni de importantes recursos económicos. Con frecuencia surge de gestos mucho más pequeños y menos visibles: una conversación que rebaja la tensión, una historia compartida, un momento de escucha o un acto de cuidado hacia los demás.
Puede que esas acciones no cambien de inmediato el curso de un conflicto, pero sí transforman el tejido social de maneras profundamente significativas. Abren espacios, por pequeños que sean, donde la confianza puede empezar a reconstruirse, donde la dignidad puede reafirmarse y donde la idea de la convivencia sigue encontrando un lugar, incluso cuando parece lejana.
Como profesionales, es fácil centrar la atención en los indicadores, los resultados y los impactos medibles. Pero este año me recordó que existe otra dimensión del impacto mucho más difícil de cuantificar: el esfuerzo profundamente humano que supone seguir siendo compasivos frente a un sufrimiento abrumador.
No salgo de esta experiencia con conclusiones sencillas. Si acaso, me llevo más preguntas: sobre la comprensión, sobre la cercanía y sobre los límites de la empatía cuando las experiencias vividas son tan distintas.
Pero también me llevo una convicción renovada. La de que, incluso dentro de las limitaciones de nuestras funciones, siempre existe margen para marcar una diferencia. No necesariamente mediante grandes soluciones, sino a través de un compromiso constante y reflexivo. Reconociendo y apoyando a las personas que, en sus propias comunidades, realizan el difícil y, muchas veces, invisible trabajo de mantenerlas unidas.
A pesar de todo, sigue habiendo esperanza. No una esperanza ingenua, que ignore la realidad, sino una que es capaz de existir dentro de ella. Una esperanza sustentada en la convicción de que los gestos cotidianos de honestidad, cuidado y compasión no son insignificantes; al contrario, son esenciales.
Y quizá sea precisamente ahí donde empieza el cambio.
En la creencia serena y perseverante de que, incluso en los momentos más oscuros, siempre queda algo bueno. Algo que merece ser protegido. Cuidado. Defendido. No solo mediante grandes gestos, sino también a través de esos pequeños actos constantes que nos recuerdan nuestra humanidad compartida.
En el barrio de El Mellah, en la ciudad marroquí de El Jadida, dentro de la antigua ciudad portuguesa, el mar estaba lo…
El cálido aroma de las especias impregna la calle Abbas El Akkad, una de las principales arterias comerciales del barrio…
Organizado en Riad por el Reino de Arabia Saudí, Estado Miembro Fundador del KAICIID, el 11.º Foro Global de la Alianza de…
