La fe verde en Marruecos: cuando las religiones se unen para conservar el agua
En el barrio de El Mellah, en la ciudad marroquí de El Jadida, dentro de la antigua ciudad portuguesa, el mar estaba lo bastante cerca como para impregnar de sal las piedras húmedas. Allí, junto a la histórica cisterna, comenzó una pequeña historia en torno al agua, no como un tema medioambiental abstracto, sino como una práctica cotidiana capaz de reunir a personas diferentes en torno a un mismo propósito.
Fue allí donde el imán de la mezquita del barrio, Abd al-Salam, se reunió con Eliyahu, de la Sinagoga Ben Simon, junto a varios voluntarios de las calles cercanas. No era una celebración ni formaba parte de una gran campaña. Todo giraba en torno a una idea sencilla y concreta: reducir el consumo de agua en los lugares de culto y plantar especies vegetales capaces de soportar la salinidad de la costa atlántica, cerca de la desembocadura del río Oum Er-Rbia.
Todo comenzó con pequeños gestos. Jadiya colocó una placa de madera en un muro de piedra con vistas al mar. En ella podía leerse una breve frase en árabe: «El agua es misericordia; no la desperdicies». Junto a ella, mientras los voluntarios restauraban una antigua lámpara, el imán inspeccionaba un nuevo contador de agua. A pocos pasos, Eliyahu escribía en otra placa las palabras Bal Tashchit, un principio moral de la tradición judía que prohíbe el despilfarro y la destrucción innecesaria.
Entre ambas inscripciones, y entre el grifo y el contador, toda la escena parecía trasladar la idea del ámbito de la predicación al de la acción.
«Llevamos el versículo del sermón hasta el agua y, después, contamos cada gota», comentó el imán mientras observaba el grifo.
Eliyahu respondió:
«La fe que apreciamos también se mide. No debemos desperdiciar ni una sola gota ni convertir el despilfarro en costumbre».
Así, en un país donde el agua se ha convertido en una preocupación cotidiana cada vez más urgente, el diálogo interreligioso adquirió una forma sencilla y profundamente práctica: una colaboración que comienza con el uso responsable del agua y se extiende al cuidado de la tierra.
La misericordia medida por un contador

"El agua es misericordia, no la desperdicies."
Desde mediados de julio de 2025 comenzó el seguimiento del consumo. Cada viernes, al terminar la oración de la tarde, se registraba la lectura del contador y se colocaba una única hoja de papel en las puertas de la mezquita y de la sinagoga, indicando la fecha, la lectura del contador y la diferencia con respecto a la semana anterior. No había pancartas ni largas declaraciones, solo un pequeño gesto que se repetía semana tras semana, dejando que los números hablaran por sí mismos.
Pocas semanas después, el cambio empezó a hacerse visible. El consumo de agua se redujo entre un 15 % y un 20 %. Pero lo más llamativo no fue únicamente el descenso de las cifras, sino la forma en que ese sencillo ejercicio pasó a formar parte de la vida cotidiana del barrio. En la puerta de madera de la mezquita colgaba una hoja blanca con una delicada línea verde que subía y bajaba como un tenue pulso. No llevaba logotipos ni sellos oficiales; únicamente el dato correspondiente a la semana y una anotación escrita a mano. Los niños se detenían frente a ella para comprobar si la línea había subido o bajado, como si siguieran la evolución de algo que también les pertenecía.
Con el tiempo, la iniciativa trascendió los lugares de culto y llegó hasta la ribera oriental del río Oum Er-Rbia, cerca del nuevo arco de Azemmour. Allí, el grupo plantó especies capaces de resistir la salinidad, el viento y las condiciones propias de la costa atlántica, entre ellas tarfa, raghal y samar.
Hamza, el técnico medioambiental que acompañaba a los voluntarios, solía decir:
«Plantar un árbol es fácil; lo difícil es conseguir que siga vivo.»
Después explicaba que cada plantón necesitaba un pequeño círculo de piedras para conservar el rocío y un riego equilibrado durante sus primeros meses de vida.
Mientras tanto, Eliyahu susurró a un niño que sostenía una jarra de agua:
«No apagues la esperanza del árbol por actuar con demasiada prisa.»
El imán añadió:
«Y no desperdicies el agua; riégalo con paciencia y con esperanza.»
Mientras colocaba las piedras alrededor de uno de los árboles, Jadiya resumía el espíritu de la iniciativa con una frase sencilla:
«Corazones diferentes pueden sostener la misma azada.»
Mustafa, uno de los jóvenes del barrio que participó en las labores de restauración y reforestación, describió así el impacto que la experiencia había tenido en él:
«Nunca habíamos escuchado un sermón sobre el medio ambiente, pero esta vez lo vimos hecho realidad. El agua ha dejado de ser solo un elemento para las abluciones; se ha convertido en una medida del amor.»
En esa reflexión parecía concentrarse el verdadero logro de la iniciativa. Había conseguido ir mucho más allá del simple ahorro de agua: había transformado la protección del medio ambiente, llevándola del terreno de los consejos generales al de la experiencia vivida cada día.
La Carta de Oum Er-Rbia
En el antiguo edificio del navegante, donde la memoria parece permanecer suspendida entre paredes y puertas de madera centenarias, los participantes se reunieron en la Sinagoga Ben Simon para redactar lo que acabaría convirtiéndose en un pequeño compromiso local. No era un documento extenso, sino una única página titulada «La Carta de la Madre de la Primavera», encabezada por una breve nota: «Borrador sujeto a aprobación.»
Las cláusulas eran claras y directas: promover el ahorro de agua en los lugares de culto, publicar semanalmente las mediciones de consumo, realizar plantaciones conjuntas en ambas orillas del río y establecer un calendario rotatorio entre la mezquita, la sinagoga y la asociación para supervisar el riego y el cuidado de los árboles. Cuando el imán Abd al-Salam firmó en nombre de la mezquita y Eliyahu hizo lo propio en representación de la sinagoga, con el respaldo de sus respectivos consejos locales, aquella firma fue mucho más que un trámite administrativo. Simbolizaba la idea de que la responsabilidad compartida puede comenzar con un acuerdo sencillo, siempre que haya personas dispuestas a tomárselo en serio.
La primera copia de la Carta quedó colgada en el muro de piedra, junto a la antigua cisterna. Mientras todos contemplaban el documento recién colocado, un vecino de unos cincuenta años formuló la pregunta más realista de toda la jornada:
—«¿Y quién regará los árboles dentro de dos semanas, cuando se haya pasado el entusiasmo?»
El imán no respondió con un largo discurso. Levantó una pequeña hoja en la que aparecía un calendario con los turnos de riego y, sonriendo, respondió:
—«No enseñamos intenciones; organizamos los días.»
Aquella respuesta bastó para devolver la iniciativa del terreno del simbolismo al de la práctica. Porque la continuidad no depende únicamente de las emociones, sino también de la organización.
A finales de agosto, los resultados sobre el terreno eran demasiado evidentes para necesitar explicación. En ambas orillas del río, entre Azemmour y Sidi Bouzid, alrededor del 80 % de los árboles plantados seguían vivos. No hubo música ni consignas; solo un breve aplauso y algunas miradas que brillaban al comprobar que algo pequeño empezaba a demostrar su verdadero alcance.
Eliyahu comentó entonces:
—«La fe me conmueve cuando deja la huella de una mano, no el rastro de una lengua.»
Abd al-Salam respondió:
—«El lugar ha cambiado, y los números son testigos de ello.»
Después, el boletín semanal volvió a ocupar su lugar en la puerta de la mezquita y de la sinagoga, siguiendo silenciosamente la evolución de la curva del consumo, como si fuera una oración más, destinada únicamente a quienes se detuvieran a escucharla.
El reto del barrio
Con el paso de las semanas, la iniciativa dejó de tener la apariencia de un acontecimiento novedoso para convertirse en algo mucho más arraigado: un hábito. El riego comenzó a realizarse siguiendo un calendario colgado en la puerta de la asociación, y los voluntarios se iban turnando los días como quien repasa citas fijas en su vida cotidiana. Ya no se trataba del entusiasmo de los comienzos, sino de un ritmo más sereno y constante.
Con el propósito de dar una dimensión más amplia a la experiencia dentro del barrio, Jadiya anunció lo que llamó el «Reto del Barrio». La idea era sencilla e ingeniosa: toda familia que lograra reducir su consumo doméstico de agua durante un mes tendría el derecho de poner nombre a uno de los árboles plantados en la ribera. De este modo, la iniciativa pasó de la mezquita y la sinagoga a los hogares, y del plano simbólico a los pequeños gestos cotidianos relacionados con el consumo de agua en las familias.
Poco a poco, el muro comenzó a llenarse de pequeñas fotografías y de nombres grabados en tablillas de madera colocadas junto a los esbeltos árboles jóvenes. Eran nombres de abuelos y abuelas, nombres que evocaban la memoria familiar y estrechaban el vínculo con la tierra. Una tarde tranquila, una anciana se detuvo frente a un árbol que llevaba su nombre. Lo leyó despacio, apoyó una mano sobre la tablilla y la otra sobre el hombro de su nieto, y después se marchó sin decir una sola palabra. Fue uno de esos momentos que no necesitaban explicación, porque se explicaban por sí mismos.
El momento más hermoso de la experiencia no fue únicamente la aparición de los resultados, sino la forma en que se presentaban. En la mezquita, una sencilla hoja escrita a mano decía en árabe: «Este ciclo ha registrado una reducción del consumo de agua de entre un 15 % y un 20 %.» Debajo, otra línea añadía con una ligereza entrañable: «Gracias a Dios... y a todos los grifos que ya no gotean.» Eliyahu sonrió al leerla y comentó: «Es una magnífica lección de teología.» Abd al-Salam respondió: «Es la lección de jurisprudencia más hermosa que he recibido hoy.» Jadiya, por su parte, anotó en su cuaderno una ecuación que resumía todo lo ocurrido: «Misericordia = contador + calendario de turnos + un árbol con nombre propio.»
La promesa de una gota
Al caer la tarde, todos regresaron a la antigua cisterna portuguesa donde había comenzado la historia. Las murallas de la kasbah recogían los últimos destellos del atardecer, mientras las aguas del río Oum Er-Rbia brillaban en el horizonte, junto al nuevo arco de Azemmour. Allí, Jadiya depositó una pequeña carpeta sobre el borde de la cisterna. A simple vista parecía un archivo cualquiera, pero guardaba la memoria de toda la experiencia: las lecturas del contador, las fotografías de las plantaciones, el aviso del proveedor y la ubicación de cada uno de los árboles plantados junto a la ribera.
«No hacen falta grandes promesas; basta con recorrer el mismo camino una y otra vez», dijo mientras ordenaba los documentos. En aquella frase parecía condensarse mejor que en ninguna otra el sentido de la iniciativa. No era una historia sobre el medio ambiente separada de la fe, ni un relato religioso suspendido por encima de la vida cotidiana. Era, sencillamente, la historia de unos valores que habían encontrado la manera de echar raíces en la tierra.
Aquí, el versículo colocado junto al grifo ya no era solo un recordatorio moral, y el principio judío de Bal Tashchit ya no era únicamente una referencia de la tradición. Ambos se habían convertido en una práctica diaria: una gota que se contabiliza, un árbol que se riega y un esfuerzo compartido que une a la mezquita, la sinagoga, el barrio y el río. En aquella misma orilla, entre El Jadida y Azemmour, el imán, Eliyahu y Jadiya permanecieron observando cómo el viento mecía los jóvenes árboles.
Eliyahu dijo: «No desperdicies.» Abd al-Salam respondió: «Y no seas derrochador.» Jadiya sonrió. Después, como tantas otras veces, regresó el silencio.
Cada mes, Jadiya volvía a la antigua cisterna para abrir la carpeta y añadir una nueva hoja al registro. No había equipos de evaluación ni grandes informes administrativos; solo un contador y una conciencia, decía con una sonrisa. Después cerraba suavemente el grifo.
La gota sigue siendo una promesa. Una promesa que puede renovarse, medirse y seguir construyéndose.
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