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La hostilidad hacia la religión es un error estratégico en la diplomacia global

02 Abril 2026

Por el Embajador António de Almeida Ribeiro: Secretario General en funciones – KAICIID

Vivimos en tiempos de una gran tensión global, marcados por el estallido de múltiples conflictos. En este contexto, los llamamientos a la responsabilidad, al diálogo y a la diplomacia, que son esenciales para establecer treguas, fomentar la armonía y negociar la paz, nunca pueden ser subestimados. Sin embargo, la paz verdadera requiere que las religiones formen parte integral de este proceso. El diálogo interreligioso no es un mero accesorio; es un fundamento vital para garantizar que los acuerdos de paz resistan el paso del tiempo. Por esta misma razón, señalar a la fe y a las instituciones religiosas constituye un error estratégico y moral. La reciente denegación de acceso a la Iglesia del Santo Sepulcro a un alto prelado de la Santa Sede, que debía celebrar allí el Domingo de Ramos, constituye un acto profundamente reprobable. Pero incluso con los acontecimientos que presenciamos a principios de esta semana, diez días antes, a unos 500 metros del lugar, la comunidad musulmana también vio bloqueado su acceso a la mezquita de Al-Aqsa, donde debían celebrar el Eid al-Fitr y el final de los 40 días del Ramadán. El cierre de la mezquita, ampliamente descrito como sin precedentes desde 1967, constituyó un momento incomprensible de exclusión para los musulmanes en Jerusalén y en todo el mundo. Tales restricciones serían inaceptables en cualquier lugar, pero adquieren una gravedad única en Jerusalén, la cuna sagrada de las tres grandes religiones abrahámicas: el cristianismo, el islam y el judaísmo. Si hay un lugar en el mundo donde la defensa de la libertad religiosa y del libre acceso a los lugares de culto debe ser intransigente es, precisamente, Jerusalén. Por su historia. Por el simbolismo que encierra. Por las consecuencias globales que desencadenaría cualquier ruptura allí. En tiempos de conflicto y temor, los lugares sagrados tienen el deber de permanecer como un oasis de oración, reflexión y paz. Cuando el acceso a ellos se bloquea o se restringe, el daño va más allá de lo práctico; se trata de heridas morales y comunitarias que profundizan la desconfianza y la división, precisamente cuando más necesitamos el diálogo y la unidad. El libre acceso a los lugares sagrados es, por tanto, garante de la convivencia pacífica, el respeto mutuo y la dignidad de todas las comunidades. Es importante subrayar que esto no es un sentimiento aislado: las recientes restricciones en Jerusalén, en los Estados Unidos de América y en el Reino Unido, incluidos incidentes en una sinagoga en Michigan y la quema de ambulancias pertenecientes a una comunidad local de apoyo judío en el norte de Londres, han afectado a las tres tradiciones abrahámicas, con musulmanes, cristianos y judíos enfrentándose a obstáculos inaceptables durante sus principales celebraciones religiosas, así como en su vida cotidiana. En un momento en que necesitamos cada vez más signos y ejemplos de cómo puede florecer la paz, el diálogo y las decisiones interreligiosas que afectan a múltiples comunidades pueden desempeñar un papel decisivo. El cierre de la Iglesia del Santo Sepulcro y de la mezquita de Al-Aqsa socavan el principio fundamental de que el acceso a los lugares sagrados es una cuestión no negociable de derechos, dignidad y paz.

Nos encontramos en un momento crítico de la historia, que exige una acción responsable por parte de todos y la defensa intransigente de la dignidad de cada comunidad de creyentes. Los líderes religiosos son aliados fundamentales en la búsqueda de entendimiento, en la unión de las personas y en la construcción de la paz. Por ello, es imperativo que los Estados y sus servicios diplomáticos comprendan el valor de estas instituciones, fortaleciendo los vínculos con la religión en lugar de debilitarlos.